Chico, ese árbol que ves ahí lo traje en este bolsillo...
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lunes, 27 de junio de 2011

PARA ESCUCHAR MIENTRAS SE LEE Y LEER MIENTRAS SE ESCUCHA

A veces estoy pero me ausento, otras veces me he ido pero permanezco, otras quiero irme pero me retienen, en otras alguien me echa pero me sujeta, otras simplemente me pierdo por el camino y en alguna otra no hay camino de vuelta. Una puerta giratoria, un hueco por donde esconderse, un exit sin emergencias. Un estado disponible, ausente, ocupado, desconectado… Un ser con un interruptor averiado. Un On, un Off dubitativo, un precipicio erguido, una recta abisal. Un te odio desconectado, un te quiero por no molestar.

martes, 7 de junio de 2011

PARA ESCUCHAR MIENTRAS SE LEE Y LEER MIENTRAS SE ESCUCHA

El viejo armario de la bisabuela lo había dejado a medio pintar en el desván de la casa familiar, tras la muerte de mi madre. Allí estaba, como el niño aterido de frío al salir del agua a la espera que le abracen con una toalla. Recordé las palabras de mi madre en aquella tarde de verano, al rescatar el viejo armario bajo unas sábanas sucias: fíjate cómo era mi abuela Palmira, siempre tan ordenada, no como tu abuela,  si hasta se preocupó de poner un cordel delante del espejo para colgar sus pañuelos. Siempre fue tan cuidadosa.
Mis manos recorrieron el cuerpo del armario, buscando las sombras ocres tras el blanco inmaculado de la pintura. Aquí. Aquí también. Debo repasar  estas esquinas y tener cuidado de no pintar los tiradores. Me decía, sin casi percatarme de que mi imagen  se proyectaba en el espejo interior de la puerta. En ese instante, imaginé el último reflejo de mi madre de niña y el de mi abuela y el de su madre y todas las veces en que el espejo albergó la imagen de alguien querido.
Noté el frío que entraba por la pequeña ventana del desván como un olvido. Al instante, cerré la puerta del armario, guardando todos aquellos reflejos ocres en mi interior, para siempre.

martes, 24 de mayo de 2011

PARA ESCUCHAR MIENTRAS SE LEE Y LEER MIENTRAS SE ESCUCHA


Paseaba por la Rue Chevalier, en dirección a la Place Blanche. Recibí su llamada y no tarde en contestarle. Solía llamarme en la hora de la comida, comíamos juntos aunque solo nuestra voz. Me contaba las cosas que le hacían exasperarse: las rutinas, el trabajo atrasado, la apatía de su compañera, lo comentarios sugerentes de su jefe...
Entre bocado y bocado, fuimos aparcando silencios que acabaron devorarando todas nuestras palabras. Un buen día dejó de llamarme en su hora de la comida, me comentó que no tenía tiempo. Al cabo de unas semanas tampoco después del trabajo y al final, llegó el final, sin más. Por eso cada vez que recorro el camino desde la Rue Chevalier hasta Place Blanche la recuerdo. Recuerdo el sonido que hacía cuando masticaba, el merci  al camarero cuando le servía y , sobre todo, su taconeo por la calle de adoquines camino de su despacho de Matignon.
Lo cierto es que, desde entonces, he intentado dar esquinazo a esas calles. Eludo la ruta habitual y me desvío por Rue  Avignon, dando un rodeo  para evitar  cruzar la Place Blanche. Cuando sé que todo ha pasado me siento liberado como el ladrón cuando aprieta el acelerador.

Queriendo ignorar que, para mí, todo, incluidas las calles, permanecerá adoquinado.


domingo, 22 de mayo de 2011

PARA ESCUCHAR MIENTRAS SE LEE Y LEER MIENTRAS SE ESCUCHA

María siempre se bebía medio vaso de almíbar de melocotón tras acostarse conmigo. ¿Tampoco hoy he sido dulce contigo? Le preguntaba sin realmente esperar respuesta. Ella  me lanzaba una sonrisa cómplice, mientras asomaba  la cabeza por la puerta. Yo siempre se lo dejaba preparado encima de la mesa de la cocina, esperando que un día no tuviera necesidad de beberlo.

 Ayer,  María se fue sin más. 

Jamás llegué a imaginarme que un sorbo de almíbar pudiera saber tan amargo.


viernes, 13 de mayo de 2011

PARA ESCUCHAR MIENTRAS SE LEE Y LEER MIENTRAS SE ESCUCHA


No puedo dormir, y creo que jamás he podido dormir. Habito la búsqueda invasiva del sueño, sin llegar nunca a poseerlo. Tiño de bostezo la artería gris de este parámetro desnudo que es la vigilia indeseada, el cuerpo enhuesado. Nadie me pude probar que he dormido, nadie puede decir que me ha visto con los párpados  mudos, nadie me puede hablar de un sueño que haya creado mi mente, nadie ha visto mi rúbrica en una pesadilla que haya construido mis miedos y mis miserias. Y es que sigo aquí alumbrándome con mi presencia, con mi luz de faro de aumento, y no puedo sembrarme más que con esta vigilia,  no puedo adormecer mi culpa, o engatusar a mi pesadumbre, no puedo desprenderme de mí ni un segundo y vivo contemplándome líquida y densamente con estos dos ojos, demasiados, como dos bolas de helado derretidas.