Chico, ese árbol que ves ahí lo traje en este bolsillo...

viernes, 12 de noviembre de 2010

El arte como consuelo en A.Schopenhauer


Uno de los tópicos que parecen perseguir a la obra de Schopenhauer es el de ser una filosofía pesimista. Se le acusa de amparar el suicidio y de tomarlo como una posibilidad ante la vida. Una vida tediosa y vacía, que a juicio de nuestro autor, es precisamente el producto que se deriva de la naturaleza depredadora y egoísta  que el  ser humano conserva desde sus orígenes, como resultado del empuje irrefrenable de la voluntad.
Es legítimo juzgar a su filosofía de ese modo, siempre que tomemos como referencia alguno de los abundantes pasajes en los que  cae  en ese sentimiento  desilusionado, que suele  presidir su personalidad y que refleja ágriamente en sus páginas. Pero también debe  tenerse en cuenta el papel que el mismo Schopenhauer dio al arte como elemento liberalizador y humanizante, al servicio de la vida y en pro del bienestar.  De esa forma,  en el título: El arte como consuelo en Schopenhauer, queremos dejar  sintetizado el verdadero espíritu de su visión estética, y, a través de ésta, de la totalidad de su filosofía.
Pero antes de apuntar lo que nos resulta más relevante a ese respecto,  es oportuno ofrecer ciertos aspectos y datos significativos sobre el contexto social que le vivió y en el que desarrolló su trabajo. A.Schopenhauer nació en Danzig en 1788  en el seno de una familia adinerada de comerciantes. Su desahogo económico le permitió  fraguarse un espíritu cosmopolita y viajero, recorriendo diversos países de Europa,  hasta su muerte en Francfort  en 1860. Estudió filosofía en Göttingen y Berlín, y fue profesor en la Universidad de Jena. Su formación  le llevó a entender la filosofía más como un empeño para dar respuestas a inquietudes existenciales que como una labor  puramente académica. Fruto de esa perspectiva sobre el papel de la filosofía, dejó escritas, con poca aceptación en un principio, obras tales como El mundo como voluntad y representación (1818) y La cuádruple raíz del principio de razón suficiente (1813). En esa primer obra, nos explica con detenimiento los dos conceptos (voluntad y representación), alrededor de los cuales gravita su teoría dualista sobre el  fundamento  del mundo. A partir del dictado idealista de Kant, Schopenhauer entenderá el mundo como voluntad y representación. Una voluntad que es un “principio inconsciente de actuación”  y de la cual resultan las representaciones, es decir, un todo donde se incluye  desde el hombre hasta lo más insignificante. El hombre es partícipe inmediato de esa voluntad, es él mismo una voluntad ávida, ansiosa  que precisa de cosas y sensaciones. Y es, a juicio de Schopenhauer, ese deseo constante el que condena al hombre y lo vuelve un ser angustiado y  egoísta, sin otra escapatoria que ser una “pasión inútil”, un  esclavo de sí mismo. De ahí la visión doliente del hombre. Pero es este mismo Schopenhauer, acusado de necrófilo, el que encuentra primero  en el otro, a través del altruismo y el amor; y después en el arte especialmente, como medio de contemplar lo absoluto y lo hermoso, un mecanismo que nos permite escaparnos de esa existencia que no parece resultar otra cosa más que un valle de lágrimas.
Lo que haremos a partir de ahora es fijar nuestra atención en ese segundo factor, e intentaremos mostrar cómo y por qué, para el autor alemán, puede actuar el arte como un consuelo. Visión contra la que, en su tiempo, Nietzsche arremetió. Es fundamental, a la hora de entrar en la estética de Schopenhauer, detenernos, en un primer momento, en lo que él entiende por experiencia estética. Este tipo de experiencia lleva consigo una sensación de cese del tiempo y de alejamiento momentáneo de la realidad, al entrar en contacto directo con el objeto estético. Esto ocurre cuando estamos contemplando algo hermoso, nos dice el filósofo alemán. Una subclase de lo hermoso sería lo sublime que es la parte de lo hermoso cuya contemplación distanciada supone suspensión de un temor natural. Esto mismo se produce cuando presenciamos una tormenta eléctrica y nos envarga un sentimiento de sobrecogimiento, aunque somos conscientes de estar ante algo espectacularmente bello.
En resumen, tres aspectos hay que destacar en toda experiencia de lo hermoso, en opinión de Schopenhauer: que el tiempo se detiene, que el ser universal es percibido en lo particular y que el espectador se sale de sí mismo y olvida su propia existencia al contemplar lo que está ante él.
Pero no todos podemos alcanzar el grado de sensibilidad necesario para llegar a ese tipo de experiencias, o al menos no al grado de nitidez  que alcanzan los genios.  Estos individuos se caracterizan por ser capaces de ver siempre lo universal en lo particular en la obra de arte. Mientras que las personas normales no alcanzaríamos a ver lo universal en lo particular, y veríamos solamente lo particular en lo particular.
La facultad del genio, según escribe Schopenhauer, no está en unas envidiables condiciones intelectuales, sino en un virtuosismo perceptivo, en su capacidad de captar y expresar ideas. Por eso, nuestro autor, entiende que el arte es esencialmente cognoscitivo. Lo que el artista trata de transmitir, no es por tanto un concepto sino un conocimiento, una imagen de la verdadera naturaleza de las cosas.  Opinión ésta, que no hace a Schopenhauer un filósofo romántico en toda regla, debido a que no estima que el arte sea la pura expresión de una emoción.
El arte auténtico o inauténtico depende de ese análisis del papel y actuación del artista. Por eso entiende que la verdadera obra de arte toma su origen en la percepción directa y no en los conceptos. El arte inauténtico vendría motivado, por tanto, por un interés egoísta del artista que intentaría satisfacer unos intereses de tipo económico o la  simple búsqueda de reconocimiento social.
La  estética de Schopenhauer, y probablemente cualquier otra, resultaría muy pobre si no introdujera una tipología de las artes.  Para tal distinción, en su caso particular, tiene en cuenta las diferentes maneras de darse la voluntad en el mundo de los fenómenos: materia inorgánica, vida vegetal, vida animal y vida humana. A cada  una de estas representaciones le correspondería la arquitectura, la pintura, la escultura y el lenguaje respectivamente. La música no encajaría en este modelo porque, a su  juicio, es diferente de las demás artes debido a que su material en percepciones no pertenece al mundo de los fenómenos.
Esa inclinación de su estética; es decir, esa búsqueda de un arte auténtico y esa apreciación tan especial de éste como un puente hacia el  conocimiento, hacia las mismas ideas platónicas, son detalles que no deben dejarse a un lado a la hora de entender el arte como un consuelo. Sin desmerecer otras partes de su estética, encontramos en esta posición ética, el elemento más atractivo de su filosofía sobre el arte. El hecho de que entienda que el hombre es una frustración continua por su entrega irrenunciable a la voluntad, es algo que podría desalentarlo desde un principio. Pero es ahí donde conjuga belleza y libertad para romper ese lazo opresor que a todos nos une  con el mundo, con la voluntad.
¿Y cómo actúa entonces el arte sobre nosotros como consuelo? Pues precisamente haciéndonos capaces de deshacernos momentáneamente  de todas nuestras apetencias. “Cuando nos salimos  de nosotros mismos en la contemplación desinteresada de cualquier cosa, durante esa experiencia estamos libres de la tiranía bajo la cual vivimos habitualmente, entonces la tranquilidad, buscada antes por el camino del querer y siempre huidiza, aparece por primera vez  y  nos colma de dicha. Surge entonces aquel estado libre de dolores que Epicuro encarecía como el supremo bien, como el estado de los dioses, pues en aquel instante nos vemos libres del ruin acoso de la voluntad.”
Quizá  es un mensaje que no esté de más y  que no debamos de perder de vista en la época que nos ha tocado en suerte, periodo en el que el hombre-consumidor es un papel que nos vemos obligados a representar con frenética insistencia. Probablemente lo que nos deje entrever ese arte, entendido como consuelo, vaya más allá de él mismo y pretenda enseñarnos el camino para que eduquemos nuestras apetencias e incluso una invitación a que racionalicemos  nuestras voluntades en pos de una libertad más creíble y sólida.
Por eso, Schopenhauer, que calificaba a la vida como un asunto miserable, acabó por esgrimir contra el tedio y el dolor de la vida: el amor al conocimiento, el arte, y sobre todo el interés por el otro. Consciente de que todos somos parte de la misma voluntad, (o si se prefiere, parte de la misma “aldea global”)  siempre entendió que la superación de las barreras, tanto individuales como sociales, que nos separan y nos enfrentan, son  producto de nuestra compasión, fruto de percibirnos a nosotros  y a todos los demás como una misma cosa, compartiendo todos la misma naturaleza íntima.

Artículo publicado en el Nº3 de la revista Náyade, 2001.

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